Desde la U.A. Chapingo
El individualismo en crisis
Abel Pérez Zamorano

<strong>Desde la U.A. Chapingo</strong><br>El individualismo en crisis<br>Abel Pérez Zamorano

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DICEA/Abel Pérez Zamorano

15/10/2015

CHAPINGO/TEXCOCO.- (Chapingo Press).- Desde sus orígenes, la sociedad apareció organizada de manera colectiva, en lo que se conoce como la comunidad primitiva, forma de organización social en la que el grupo social, tribu o gens, enfrentaba unida, sumando las fuerzas de todos, los problemas de sus integrantes.

Alimentación, seguridad y protección de los más desvalidos se lograban mediante la acción unificada de todos los miembros de la sociedad. La unidad era la fuerza de la humanidad naciente; así, los cazadores podían cercar y matar grandes bestias, como los mamuts, algo imposible para el individuo aislado. El poder del colectivo era formidable y protector. Se producía y distribuía en colectivo, en atención a las necesidades.

Como han dicho los especialistas, por ejemplo Lewis H. Morgan, tal forma de organización no estaba determinada por la preferencia de las personas; lo que hacía de ella la más apropiada, no sólo posible, sino necesaria, era el todavía incipiente desarrollo de los medios de vida: toscas herramientas, armas de guerra y de caza de limitado alcance y potencia, materiales de construcción y medios de transporte primitivos, etc. Dotada con esos medios, cada persona por separado era incapaz de sobrevivir, lo que hacía a la unión de fuerzas no sólo necesaria, sino vital.

Sin embargo, este modo de organización empezó a disolverse cuando los medios de producción se desarrollaron, elevando la potencia y productividad del trabajo, permitiendo producir un excedente, que hizo la acumulación de riqueza por quienes dirigían las tribus.

Apareció así una nueva forma de organización, basada en la propiedad individual, sustituyendo al colectivo protector por una estructura que no sólo aislaba a unos hombres de otros, sino que los enfrentaba en una feroz competencia, en una guerra de todos contra todos. Este proceso se gestó inicialmente durante un largo período, en los albores de las grandes civilizaciones.

En ese nuevo orden se impondría como pauta la acción individual. Cada quien debía valerse por sí mismo, aislado de los demás; salud, alimentación, educación, vivienda, todo pasaba a ser responsabilidad de cada jefe de familia. El colectivo ya no era responsable. Y así ha durado este sistema, hasta nuestros días, adoptando distintas formas.

En su obra La Riqueza de las Naciones, Adam Smith argumentaba en pro de este sistema, del individuo, egoísta por naturaleza (como él lo concebía), que podía alcanzar la felicidad y el éxito actuando solo, enfrentado con los demás, en un ambiente donde la competencia es el acicate para el desarrollo de sus capacidades y lo prepara para el éxito. Smith, Bentham, los Stuart y otros pensadores dieron forma clásica a esa concepción de la libertad, libre empresa y creatividad individual. Así, guiados por esta filosofía, hemos llegado hasta nuestros días, compitiendo y luchando unos contra otros.

Pero todo diseño de organización social debe ser evaluado por sus resultados, y la realidad actual nos muestra que éste sólo ha venido a beneficiar a unos cuantos, precisamente a quienes siguen encomiándolo, pero ha condenado a la desgracia a la mayor parte de la humanidad. Se suponía que mediante la acción del individuo aislado, todos prosperaríamos y habría felicidad general; sin embargo, el modelo ha dado como resultado una gran concentración de la riqueza, y que la inmensa mayoría carezca de todo satisfactor.

Quienes creyeron poder ser emprendedores individuales exitosos, formaron sus microempresas, para verlas quebrar luego, o han debido enfrentarse a monopolios gigantescos, que barren con la pequeña empresa y, de paso, con la ilusión del éxito individual aislado. Igual ocurre con el pequeño productor agrícola, eliminado progresivamente por la competencia del gran capital. Es decir, el propio sistema individualista está cancelando la vía individualista para la mayoría.

En lo político, el voto aislado y la desorganización de las personas han conducido a la concentración del poder. En lo que hace a la seguridad y tranquilidad de las familias, nuestra sociedad ha alcanzado niveles de violencia jamás vistos en tiempos de paz, y los ciudadanos se hallan inermes, tanto frente a policías como a delincuentes. Los ciudadanos pobres, impotentes en su soledad, sufren todo género de arbitrariedades en sus personas, familias y pertenencias.

Las grandes empresas están destruyendo el medio ambiente, y la sociedad, dispersa e inconsciente, es incapaz de impedirlo. La educación es accesible sólo a quien tenga para pagarla, pues la sociedad y el Estado se desentienden del problema, declarándolo asunto personal, e igual ocurre con la vivienda: quien quiera casa, que la pague.

Finalmente, este orden de cosas ha llevado a que, en un capitalismo deshumanizante, seamos testigos de atrocidades, robos, injusticias, cometidas contra nuestros semejantes, sin que nadie se inmute; total, es contra otro. La insensibilidad hacia el dolor ajeno es una condición que ha postrado a la sociedad, y los graves problemas que padece nos dicen que las cosas no pueden seguir así; que se impone una revisión en su organización, que retome, en todo lo aplicable, la experiencia milenaria de la humanidad en materia de acción colectiva.

Los ciudadanos, sobre todo las víctimas del orden social, deben unir esfuerzos: los obreros, en defensa coordinada de sus derechos; los habitantes de zonas urbanas pobres, en el reclamo de vivienda y servicios. Los padres de familia, como colectivo, deben tener verdadera injerencia en la calidad y manejo de las escuelas. Los ciudadanos deben participar en forma organizada en política, superando el esquema actual en que sólo son electores aislados, sin poder real para vigilar y controlar a sus gobernantes.

En fin, el sistema individualista muestra claros signos de agotamiento, y se hace necesario estudiar mejor otras formas de organización social, como han venido haciendo ya, con resultados exitosos, naciones como Brasil y China.

Abel Pérez Zamorano, es doctor en desarrollo económico por la London School of Economics. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Ocupa el cargo de Director General de la División de Ciencias Económico-administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo.

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