Artesanas de Oaxaca: el barro como forma de vida

Artesanas de Oaxaca: el barro como forma de vida

Cerámica cortesía de Pocoapoco Oaxaca. Fotografía por Kyoko Hamada; estilo de Theresa Rivera/THE NEW YORK TIMES/© INFOAGRONOMO

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La cerámica y la alfarería

Texcoco Mass Media/The New York Times/Deborah Needleman

05/11/2018

OAXACA, México.- (INFOAGRONOMO).- La cerámica y la alfarería, aquel arte de convertir la tierra en arcilla o barro y de transformar sus propiedades con el fuego, fueron de los primeros inventos del ser humano. A lo largo de la historia, algunas técnicas y estilos han sido especialmente codiciados, como la alfarería raku japonesa, la cerámica turca-otomana de Íznik, la artesanía persa en barro, la cerámica mayólica italiana, la neerlandesa de Delft y la alfarería precolombina. El secreto de la fabricación de la porcelana china, cuya búsqueda involucró espionaje, ingeniería inversa, encarcelaciones y alquimia, fue durante siglos un santo grial que buscaban los otomanos, coreanos, japoneses y europeos.

Pero hay muchas más tradiciones alfareras en el mundo que no son tan conocidas. En el estado mexicano de Oaxaca hay aproximadamente setenta poblados en los que la mayoría de los habitantes manufactura y comercializa productos de barro. En Santa María de Atzompa se utiliza un vidriado color verde y en San Bartolo Coyotepec, la arcilla se hornea hasta alcanzar un color negro, aunque en general la alfarería de esta región es sencilla, de color café oscuro y en su mayoría no presenta adornos; es decir, no es el tipo de objeto que emociona mucho a los extranjeros.

En San Marcos Tlapazola, un pueblo rural zapoteca con aproximadamente 1100 habitantes que se encuentra a una hora de distancia en automóvil de la ciudad de Oaxaca, la alfarería surge de las manos de trescientas mujeres. Durante veinte generaciones, el poblado se ha especializado en utensilios de cocina: comales, que se utilizan para hacer tortillas, y ollas para cocinar, así como molcajetes o morteros para preparar alimentos que venden en los poblados vecinos en el mercado semanal. Un día hace poco, conduje por las montañas de la región de la sierra Madre del Sur hasta la casa de las Mateo, una casona de color rosa mexicano brillante con un portón azul eléctrico donde viven ocho alfareras (que son hermanas, cuñadas y sobrinas). Elia Mateo Martínez, de 38 años, era la única que estaba en casa. A la entrada había esferas de barro que estaban secándose debajo de un techo con la imagen pintada de la Virgen María. Elia me mostró cómo hace un comal. Sus herramientas son una mazorca de maíz para mantener levantada la arcilla, un trozo de guaje para el raspado, cuero para el moldeado y un torno improvisado que consiste en un trozo de un viejo balón de baloncesto en forma de tazón, el cual ella gira a mano y que está puesto encima de una roca. En el patio hay un enorme montículo de tierra que funciona como horno. Cuando las mujeres han moldeado suficientes piezas, ahí introducen leña, parrillas, estiércol, los tiestos y luego lo encienden.

El barro y la cerámica fueron desplazados a principios del siglo XX por el vidrio, el aluminio, la hojalata y el plástico, materiales mucho más baratos y que se adaptaban mejor que la arcilla a diferentes propósitos. En Estados Unidos y el Reino Unido, aquellos a favor de la artesanía condenaron la pérdida de lo fabricado a mano ante la invasión de la industrialización, tras lo cual surgió un movimiento de talleres de alfarería, así como al concepto de ceramista o alfarero artesanal. La alfarería como expresión artística o artesanía no está en peligro, pero la alfarería como medio de sustento sí lo está.

Mientras más sencillo sea el proceso, mayor será la magia que posea el objeto.

La modernización que recorrió México durante la década de 1930 no llegó a San Marcos, sino hasta cinco décadas más tarde. Aunque no está muy alejado de la capital, el poblado permaneció aislado a causa de su ubicación geográfica en la sierra, de su cultura y de las barreras del lenguaje (el zapoteco es una lengua mesoamericana, una de alrededor de quince lenguas distintas al español que se hablan en esta región), además del estigma que aún existe sobre que los habitantes indígenas son una población atrasada. En la década de 1990, cuando Eric Mindling, estadounidense expatriado y fundador de la empresa de viajes culturales Traditions Mexico Tours, se dispuso a crear un mapa de estos poblados, conoció a un habitante muy antiguo de San Marcos que podía contar con los dedos de una mano todas las visitas al sitio por parte de extranjeros.

Para mediados de la década de 1980, cuando bajaron las ventas de la alfarería, el gobierno mexicano inició programas para alfareros en los que se les enseñaban nuevas habilidades. Tradicionalmente a las mujeres no se les animaba a dejar el pueblo, pero la hermana de Elia, Macrina Mateo, que entonces tenía 18 años, estaba decidida a aprender. Se marchó sola a Oaxaca y después viajó a la ciudad de Guadalajara donde permaneció durante diez días; ahí conoció el trabajo de un ceramista que realizaba diferentes moldes, entre ellos de floreros. Nadie en San Marcos había pensado en hacer floreros porque no los necesitaban. Macrina también visitó una feria de artesanías donde conoció a otros mexicanos citadinos que compraban los floreros sencillamente porque les gustaba cómo se veían.

En un inicio, Macrina y su familia fueron relegadas de la comunidad por su disposición a experimentar con las formas del barro. “El pueblo es un colectivo que hace todo de la misma manera”, dijo Mindling. “Nosotros”, añadió en referencia a los estadounidenses, “no somos buenos para las tradiciones” mientras que los habitantes de San Marcos, dijo, “no son buenos para la innovación”. Pero Macrina quería conciliar la tradición con la innovación, y poco a poco, otros comenzaron a seguir su ejemplo. Mindling calcula que aproximadamente la mitad de todos los ceramistas del pueblo han expandido sus creaciones con nuevas piezas: jarras y vasijas o platos y tazas, que les venden a los turistas y a los mexicanos a quienes les gusta su estética. El enfoque adaptable y abierto de las mujeres de la familia Mateo a la alfarería posibilitó que sea económicamente viable para la comunidad seguir con sus propias tradiciones de manufacturar y usar utensilios para la cocina. (Y también que las mujeres puedan marcharse del pueblo cuando así lo deseen).

Hace aproximadamente diez años, los diseñadores y activistas sociales Diego Mier y Terán y Kythzia Barrera Suárez fundaron Colectivo 1050, un negocio de venta de cerámica al menudeo en la ciudad de Oaxaca, para financiar su organización sin fines de lucro, la cual se dedica a crear oportunidades para los ceramistas y alfareros de la región por medio de, entre otras cosas, talleres y reuniones para compartir ideas. (Ellos ayudaron a René Redzepi a conseguir casi todos los platos y cerámica que usó cuando estableció una versión itinerante de su restaurante Noma en México).

Mier y Terán me comentó: “Lo que debemos conservar no es tanto la cerámica ni la técnica en sí. Ni siquiera al pueblo”, enfatizó. “Sino a la civilización”. El objeto, explicó, es parte de una forma de habitar el mundo. “Como diseñadores, estamos capacitados para hacer cosas, pero esas cosas tratan acerca de una cultura, de una cosmovisión”.

Todos los años, después de febrero, cuando termina la cosecha de maíz, las mujeres Mateo se suben a la parte trasera de una camioneta y viajan hasta los campos que rodean el poblado para extraer una arcilla color café claro. La camioneta no puede subir la montaña, así que las mujeres recorren a pie el resto del camino, donde extraen un segundo tipo de arcilla, de color rojo, que se utiliza para darle el acabado a los tiestos. Visten sus trajes tradicionales de colores naranja, morado y amarillo brillante, cada uno con un delantal colorido y contrastante, embellecido con bordados florales. Este es el uniforme con el que recolectan la arcilla roja bajo el sol ardiente.

Una vez que recolectan todo lo posible, colocan los bloques de barro dentro de un costal que amarran con un rebozo y sujetan a su espalda antes de emprender el viaje montaña abajo. Más tarde trabajan el material con agua, lo tamizan, lo mezclan con arena y lo revuelven a mano. A lo largo de los meses las mujeres van raspando la arcilla conforme la necesiten. Macrina pule su trabajo con una vieja piedra de río que le heredó su madre, quien a su vez la recibió de manos de su abuela, quien también la recibió de manos de su propia madre. No todas las mujeres del pueblo son tan exitosas como las mujeres Mateo, que casi siempre trabajan los siete días de la semana para atender la demanda de sus productos de barro. Muchas familias complementan sus ingresos trabajando en la agricultura y en la cría de animales, además de recibir dinero que les envían sus familiares que trabajan en el extranjero.

Nadie quiere que una tradición antigua desaparezca; no obstante, muchas sí lo hacen y otras tantas desaparecerán. Después de todo, lo importante no reside en el objeto: esos comales están hechos tan solo de tierra, agua y arena. Aun así, cada uno es ligeramente distinto en cuanto a su forma y textura, debido a las manos que lo moldearon, y también presenta marcas aleatorias distintivas, con restos del humo y el hollín del fuego. Se trata de piezas realmente hermosas. Al parecer mientras más sencillo sea el proceso, mayor será la magia que posea el objeto.

© 2018 MALDONADETTI

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